Thursday, January 11, 2007

La Calle de "El Tapao"




Dar un paseo por la ciudad colonial es viajar a través del tiempo igual que el espacio. Uno pisa el pavimento que pisaron los conquistadores, el pavimento que cubre las pistas hechas por los pies de los taínos. Cada paso adelante es un paso atrás. Uno anda admirando la casa donde Diego Colón soñó con crecer su dominio, o la casa donde Nicolas Ovando soñó con aniquilar a los taínos, la casa donde Cortez soñó con conquistar Mexico y Pizarro con conquistar Peru. Estas casas sólidas y sus fachadas lúgubres también sueñan con el dominio, con la permanencia, mientras que los españoles que erigieron los muros y adentro se pasearon de un lado para otro ya han desaparecido hace muchos años; y también yo me pierdo en la niebla de los años que pasan: cada paso me envejece, hago rumbo a mi fallecer.

Se dice de un burgués que vivía durante los años 1500 que le aconteció una desgracia y por la asquerosa mutilación de su cara fue obligado andar con máscara. Las leyendas abundan: se quemó la cara por casualidad, fue acuchillado peleando sobre una mujer, padeció una enfermedad que le desfiguró, era veterano de batallas contra los piratas, o un condenado procedente de Mexico. Este “tapao” enmascarado de hierro nunca se veía de dia, y de noche solía salir a las calles deshabitadas en busca de algo que habia perdido, algo que le perturbía la mente y no le dejaba acostarse de noche en su casa (esta misma que ves ahí en la foto). Repetía su ritual de vagar las tenebrosas calles noche tras noche. Desde entonces, la calle se llama la calle del tapao. ¡Qué ha debido de padecer! este hombre forastero que vivía en la tierra ajena de una sociedad bien gregaria y chismosa, el lugar más importante del nuevo mundo, la sede del imperio español. He aquí un hombre que intentaba escapar de si mismo, pero estaba encarcelado de su máscara, de los pesados muros de esa casa, y de las palabras lastimeras de los vecinos. No se sabe qué fue de él, pero los relatos multiplican.

Emigramos por la vida y por los sitios ajenos que otros hacen. Por numerosas que sean, las raices que echamos no detienen nuestro paisaje. Al nacer se nos lleva el turbellino. Estamos envueltos en una inquietud perpetua. Cada paso adelante se nos aleja de lo que buscamos, y el recuerdo de esa pérdida se fija en las cicatrices que atrofian el corazón. Pero adelantar es también descubrir y consolarse de la filosofía. Cuando Cortéz quemó sus naves en la orilla de un nuevo continente, ha debido de morirse un poco en volverse de espaldas al mar caribe donde se distinguió en conquistar Cuba. Con el incendio de esos mástiles de caoba, se agotaron los restos de su vida anterior junto con las materiales que la encerraron. Condenó a su banda de conquistadores, o sea merodeadores, a luchar desesperadamente en la selva desconocida: seis cientos hombres en contra del imperio de Moctezuma. Era un gesto atrevido y típico de ese hombre que sabía que uno no puede estar quieto – hay que seguir adelante, seguir probando, arriesgándose. Nacido en la tierra seca de Extremadura, este hidalgo se puso a atravesar su extensión vacia y no paró, ni siquiera cuando llegó al lluvioso paraíso tropical. La Española no lo detuvo, y el no dejó de viajar. Cortéz reclamó un imperio para España, ¿pero para sí mismo qué reclamó? El privilegio de comprometerse a hacer mas viajes. Aún después de morirse, seguía estar de viaje. Su cadáver fue desenterrado casi diez veces, y viajó por los siglos entre el Antiguo y el Nuevo Mundo hasta que llegó a su descanso en el año 1947.


S
trolling through the first colonial city of the New World is a flaneur's dream. One treads the same pavement and paths that the conquistadors trod, which before they came were dirt lanes created by the passing of many taino feet. One steps out in space and in time, and each step forward is a step backward, a step into the past and into the future with each present moment. With each step I grow older, I stroll toward my demise, as I pass by the houses where Diego expanded the Columbus family fortune; where Ovando plotted the genocide of the Tainos and Las Casas their salvation; where Cortez dreamed of Mexico and Pizarro of Peru.

In the calle del Tapao, it is said that a wealthy burgher of the city during the 1500s had been horribly mutilated in some unknown accident. Different versions abound, he was burned, he was cut up in a fight (possibly over a woman), he was a veteran of battles against pirates or marauders, he was a prisoner returned from Mexico. He was never seen during the day, but at night he would emerge from his house, this very building, wearing a cape and heavy iron mask that covered his grotesque scars, and he would walk the desolate dark streets. The street had its official name, but from then on it became known as the calle del Tapao. What must this man have suffered, living in such an estranged fashion among a very social people in a small backwater of what was once a great empire, haunting the nocturnal streets with his unrequited desire for something he lost, a search ritually repeated night after night. Here was a man who tried to flee from himself and yet remained trapped inside that heavy iron mask, those ponderous stone walls, and the suffocating glances of the prying citizens. No one knows what became of him but the stories multiply.

We migrate through life and through the spaces that others have carved out before us. Whatever roots we put down, they do not arrest our passage. We are caught up in an incessant motion. Each new step is a step away from something whose loss is irrevocable, painful, and whose memory is fixed forever in innumerable scars that atrophy the flesh. But it is also a step toward discovery, and the consolations of philosophy. When Cortez burned his ships on arrival at the shores of Mexico, he must certainly have felt a little death as he turned his back once and for all on the Caribbean where he had made his first mark on the world. With the burning of those mahogany timbers, he dispelled the remnants of a past life and the materials used to enclose it. He condemned his tiny army to a desperate venture in the interior of an unknown jungle and no one at that moment knew the outcome. It was a bold gamble; but it was characteristic of the man, because I suspect he knew there was no standing still, that one had to keep moving, keep venturing, keep testing, keep playing at the edge of one's abilities. Born on a dirt farm in barren Extremadura, he knew in his blood there was no resting on the earth, and even when he arrived at the lush tropical promise of Española, he didnt tarry, he kept moving. He claimed an Empire for Spain; what did he claim for himself? the power and privilege to undertake more expeditions. Even in his death he never stopped travelling. He was exhumed something like ten times and managed to travel between the Old and New World throughout the subsequent centuries up until 1947.