Saturday, March 23, 2013

Los Olvidados



El modelo de desarrollo de cada civilización emana de los recursos de la tierra. Si no fuera por el humilde bacalao, la industria pescadora del noreste de los Estados Unidos no se habría desarrollado y el famoso “yanqui” no habría nacido, al menos, no de la misma manera. Su cultura y sus valores salieron de esa industria. Eran pescadores, callados y constantes como el Océano.

Nosotros los caribeños también tenemos nuestra propia historia económica que forjó una cultura fuerte y que, por desgracia o por suerte, apoyó la economía de los imperios europeos. El cultivo de la caña no sólo enriqueció los países europeos sino que también transformó sus gustos, su dieta, aun la forma de ser de la gente, y en el proceso trituró los pueblos desarraigados que labraban la tierra – en su primera etapa: Taínos, Congoleños y otros Africanos. Ramón Marrero Aristy, autor dominicano, escribió: “La historia de tu pueblo, la de tu región, es la de la caña.”

En su posterior etapa, el azúcar caribeño era mayormente una industria norteamericana, aunque empezó en los años 1870s con una mezcla de cubanos, alemanes y norteamericanos. En los bateyes que construyeron los “misters” habitaba una multitud de babel: Cocolos de St. Kitts, Barbados, Jamaica y otras islas angloparlantes; gallegos de España; dominicanos; cubanos y haitianos. Sin embargo, el ingenio los molió a todos. Pero algo quedó dentro de ellos que no fue triturado por el engranaje. De este sabroso melao humano surgió una cultura que constaba de las ideas y los valores más perdurables del caribe. Esta cultura mestiza arrebató la alegría del sufrimiento de la esclavitud y la fuerza nervuda de la opresión, convirtiendo las cadenas de los bateyes en adornos, sus gritos en canto meloso, y su labor cotidiana en música suave y baile cadencioso. “Escuchad la canción deliciosa de los ingenios de azúcar y de alcohol” (Pedro Mir).

Ahora el azúcar no manda, los braceros no cortan, los bateyes no cuentan. Ahora las chimeneas de los ingenios no arrojan el humo de los furgones en que se hierve el guarapo, y el olor del aire melcochado no endulza el suspiro de los que comen la tierra amarga. Ahora el caribe fabrica otra forma de dulzura – playas bonitas, complejos turísticos, ocio lujoso. Y los bateyes están olvidados. . . .

La migración de los Haitianos a través de la frontera no empezó con la zafra, pero no pasó mucho tiempo para que la zafra se convirtiera en “la invitación abierta” que aumentaría su flujo, hasta que finalmente fueron los haitianos quienes componían la mayoría de los braceros. Este arreglo creado por los “misters” del norte y confirmado en la Hispaniola por Trujillo y Duvalier dejó mucho tiempo atrás de tener sentido en nuestra economía. En vez de cortar la caña, el haitiano blande el martillo en las zonas en obras y cosecha el café, el arroz, y las frutas en los campos.  La jornada sigue igual, larga y dura. La puerta no está del todo cerrada. Un torrente de refugiados haitianos huye diariamente del caos económico y político, buscando su mejoría y dejando la República Dominicana sin medios para solucionarlo. Los bateyes perduran como un triste recuerdo mudo de la historia caribeña en el cual todos nosotros compartimos al consumir los cristales dorados de nuestra querida azúcar crema.

Las nuevas encuestas nos dicen que el setenta por ciento de los que viven en los bateyes son dominicanos. No les llamemos “los negritos del batey,” ni “los haitianos”; será mejor llamarles “Los Olvidados” porque existen en el limbo de la memoria. En los bateyes se encuentran nuestros hermanos y hermanas. En las fotografías se ven los rostros de los que comparten nuestra cultura, nuestra historia, nuestros valores – caribeños todos. Como dijo un bracero, “Todos tenemos la misma sangre; somos iguales.”

Thursday, March 21, 2013

Un sueño electrotropical